El amor de su vida: el sillón para pareja.

El silencio era opresivo en el largo pasillo. Los escalones de la escalera de caracol resonaron al ritmo de los pasos que subían lentamente. Finalmente, una puerta se abrió con un chirrido.

Una pareja salió de ella, mirando a su alrededor consternada. Llevaban varias maletas enormes que apenas podían arrastrar. Parecía que acababan de llegar.

¿Este es el sitio? – preguntó la mujer, anonadada. ¿Tenemos la suerte de haber encontrado un sillón para pareja?

El encargado del almacén asintió, sonriendo ampliamente. – Bienvenidos al Salón de Objetos Perdidos y Encontrados. Encantado de que hayan podido encontrar uno de los artículos más demandados. No es fácil, pero parece que su suerte les ha sonreído hoy.

La pareja se miró, emocionada, y abrazó el enorme sillón para pareja que habían transportado hasta allí. Parecía que al fin, después de tanto tiempo buscando, habían encontrado un sitio donde sentarse juntos y pasar largas horas.

Gracias a Dios – murmuró el hombre, hundiéndose en el mullido cojín del sillón junto a su compañera.

Por fin, después de tanto caminar, al fin habían encontrado un sitio para descansar. Un sillón para pareja donde compartir sueños, risas, lágrimas y el resto de sus vidas.

Y así, cada día la pareja acudía al salón, como si fuese su segunda casa. Pasaban las horas hojeando libros, ** charlando**, jugando a las cartas o simplemente disfrutando de la compañía del otro.

El encargado se había convertido en un buen amigo. Siempre tenía una palabra de apoyo y les conocía tan bien que sabía cuándo traerles su café favorito o cuáles eran sus galletas preferidas.

Con el paso de los años, el sillón para pareja se convirtió en el testigo silencioso de sus vidas. Vio cómo se enamoraban, cómo se casaban, cómo construían una familia y cómo los hijos crecían. Vio discusiones, reconciliaciones, alegrías, tristezas y todo tipo de emociones.

El sillón era como un viejo y fiel amigo, que los acompañaba sin juzgarlos nunca. Dondequiera que fuese la vida, él siempre estaba allí para recibirlos.

Un día, la pareja de ancianos fue a sentarse en su sillón para pareja favorito y se sorprendieron al encontrarlo vacío. ¿Dónde estaba? – preguntaron azorados.

El encargado les miró con ojos llorosos y sonriendo tiernamente. – Ha sido un placer ver cómo ha llenado de amor y alegría tantos años de vuestra vida. Ahora ha llegado el momento de que sigáis adelante y lo dejéis atrás.

La pareja se abrazó con fuerza, derramando lágrimas de felicidad. Sabían que, aunque el sillón ya no estuviese, el amor que habían construido perduraría más allá de la vida y de la muerte. Su verdadero hogar siempre había estado en el un o del otro.

Un día, ya ancianos y marchitos, la pareja se sentó en el banco de un parque, su nuevo sitio de encuentro. Miraban pasar a las familias y a las parejas jóvenes, disfrutando de divertidas tardes y noches.

  • Recuerdo cuando éramos así – dijo la mujer, con una sonrisa nostálgica. – Tanto amor y vitalidad. Parecía que el tiempo no pasaba.
  • Y tantas aventuras por delante. Aunque todo pasa, el cariño que nos unió perduró. Eso es lo que verdaderamente importa.
  • Nuestro sillón fue testigo de ello. Deberíamos haberle dado las gracias antes de decirle adiós.
  • Se lo dijimos todos los días durante más de 50 años – replicó el hombre, tendiéndole la mano – Estoy seguro de que lo supo. Nuestro amor fue el mejor regalo que pudimos darle.

La mujer le miró y apretó su mano, como llevaba haciendo desde aquel día en el que lo encontraron. Su amor era más fuerte que nunca. Habían construido una vida plena y hermosa, y aunque el cuerpo se debilitaba, el alma siguió siendo la misma.

  • Siempre juntos – dijo ella simplemente.
  • Siempre juntos – repitió él.

Y así fue. Un día, la pareja se durmió serenamente en el banco, finalmente descansando. Sus manos entrelazadas, como el primer y el último día. Sus corazones, latiendo al unísono, incluso más allá de la muerte.

Siempre juntos. Como en los viejos tiempos, en su sillón para pareja favorito.

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