El inquilino imaginario del sillón para otorrinolaringología

El viejo edificio del hospital estaba sumido en una rutina de otros tiempos. Susan caminaba por los largos pasillos de madera pulida, observando las puertas metálicas de las consultas médicas. En su mano llevaba una hoja de referencia con la cita del doctor García, especialista en otorrinolaringología.

Su padre había estado quejándose de un extraño silbido en los oídos y un leve zumbido constante. “Como si tuviese un sillón para otorrinolaringología dentro de la cabeza”, solía decir. Por eso le habían derivado a este especialista, para determinar el origen de esos molestos sonidos.

Al llegar al consultorio del doctor García, Susan entregó la hoja de referencia y se sentó a esperar. Tras algunos minutos, una enfermera la llamó. “Ya puede pasar al consultorio del doctor”.

El médico los recibió con una sonrisa. “Bienvenidos, ¿qué los trae hoy aquí?” preguntó, mirando alternativamente a Susan y a su padre.

“Verá doctor, mi padre lleva casi un mes complaining de tener un zumbido en la cabeza como si fuera un sillón para otorrinolaringología ”, explicó Susan. El doctor asintió, comprendiendo el símil.

Tras realizarle una exploración otológica y audiométrica, el doctor García llegó a un diagnóstico. “Se trata de acúfenos, sonidos imaginarios percibidos por el oído. En este caso, el zumbido constante del que se queja tu padre”.

Susan y su padre intercambiaron una mirada, aliviados al saber el origen de aquel molesto sillón para otorrinolaringología que se había instalado en su cabeza.

El doctor propuso algunos tratamientos para manejar los acúfenos y minimizar el zumbido, como el uso de protectores auditivos, la administración de ciertos medicamentos, la terapia de reentrenamiento auditivo e incluso sesiones de realidad virtual para alterar la percepción de los sonidos.

“Con un enfoque multidisciplinar, podremos reducir el volumen del zumbido notablemente y que sea más fácil de ignorar”, aclaró el otorrinolaringólogo.

Susan agradeció las recomendaciones y citó a su padre para empezar con el tratamiento indicado por el doctor García. Al fin se habían eliminado ese molesto inquilino imaginario que se había alojado en el sillón para otorrinolaringología de su cabeza.

Un mes después, Susan volvió a acompañar a su padre a control con el especialista. Para sorpresa del doctor, el zumbido había disminuido considerablemente, hasta el punto de que su padre apenas lo percibía ya durante el día.

“Eres el hijo que más me ha alegrado la vejez”, exclamó emocionado abrazando a Susan.
Habiendo superado aquel desafío en el sillón para otorrinolaringología de su cabeza, ahora podían continuar disfrutando de una jubilación tranquila, sin más sonidos imaginarios.

La historia de aquel molesto inquilino que se hizo un hueco en el sillón para otorrinolaringología, y cómo acabaron consiguiendo echarlo, era una anécdota que contarían y recordarían durante años.

Un año después de superar el problema de los acúfenos, Susan seguía tan cercana a su padre como siempre. Le apetecía comentarle lo agradecida que se sentía por toda su paciencia y demostraciones de cariño durante el proceso.

Un día lo invitó a tomar café en su casa. Mientras charlaban tranquilamente, Susan tomó las manos de su padre entre las suyas y dijo: “Papá, quiero que sepas cuánto te agradezco todo lo que hiciste por mí cuando fuimos al otorrinolaringólogo”.

Su padre sonrió con ternura. “Los padres estamos para eso, hija. Para apoyarte cuando más lo necesitas”.

“Sí, lo sé”, dijo Susan emocionada. “Pero no todos los padres son como tú. Y tener un padre tan presente y cariñoso como tú es un lujo”.

Se abrazaron con fuerza, sintiéndose afortunados de tenerse el uno al otro.

El problema de los acúfenos, del molesto inquilino imaginario que se instaló durante un tiempo en el sillón para otorrinolaringología de su padre, había quedado atrás. Lo importante era el cariño con el que habían superado aquella dificultad, y el vínculo que los unía, tan sólido como siempre.

Aunque el zumbido regresase algún día, esta vez ya sabrían cómo enfrentarse a él. Y estando el uno al lado del otro, seguros de que volverían a echárselo. Porque su sillón para otorrinolaringología, aunque fuera imaginario, compartirían el resto de sus vidas.

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