El sillón de historias

El sillón era viejo y había perdido algo de su vigor. Las patas para sillón orejero ya no lograban sostenerlo con firmeza y se hundía ligeramente en el suelo cada vez que alguien se sentaba.

Juan llevaba años observando cómo su sillón favorito iba deteriorándose. Tanto su esposa como sus hijos habían pasado incontables tardes sentados en él, riendo, jugando y descansando. Había presenciado tantas películas, tantas lecturas en voz alta y tantas conversaciones importantes. Era un sillón testigo de muchos momentos memorables de su vida familiar.

Por eso, cuando finalmente las patas para sillón orejero cedieron por completo y el sillón se desplomó en medio de la sala, Juan decidió que debía repararlo. No quería decirle adiós a un viejo amigo que le había acompañado tanto tiempo.

Buscó en ferreterías y buscó tutoriales en internet. Después de varios intentos fallidos, por fin logró reforzar las patas con más madera y tornillos, de modo que el sillón volvió a quedarse firme en el suelo.

Al sentarse en él y probar su estabilidad recuperada, Juan sonrió complacido. El sillón llevaba tantos años en su vida que verlo de nuevo erguido y fuerte le dio un sentimiento de alivio.

Aunque su diseño fuera un poco arrugado y las patas para sillón orejero fueran más gruesas, ese sillón seguiría siendo testigo de muchas más historias y creando más recuerdos. Se alegró de haberlo rescatado de un triste y anticipado final.

¿Qué hubieras hecho tú con un viejo sillón tan querido? ¿Lo habrías tirado a la basura o habrías intentado reparar sus patas para sillón orejero?

Pasaron los años y la familia creció. Los hijos de Juan se casaron y tuvieron sus propios hijos, y todos ellos acudieron en ocasiones especiales a la casa de los abuelos, where se reunían para celebrar.

El viejo sillón se volvió a llenar de risas y de vida, de gritos de niños y susurros de amantes, de llantos y de confidencias. Volvió a ser testigo de tantas historias como en su día, aunque algunas lágrimas se derramaron también en él por las ausencias.

Un día, ya nonagenarios, Juan y su esposa decidieron mudarse a una residencia para la tercera edad. No querían ser una carga para sus hijos y preferían pasar sus últimos años en compañía de otros mayores.

Cuando llegó el día de empacar la casa, sus hijos ayudaron a sus padres a seleccionar aquellos objetos más valiosos que llevarían a la nueva residencia. El viejo sillón quedó fuera de la lista.
Aunque les rompió el corazón verlo, no cabía en el camión de mudanza.

Juan le hizo una caricia a su viejo amigo, susurrando un “gracias por todo” antes de cerrar la puerta. Su esposa sollozó, abrazándose al brazo de su marido.

Al alejarse de allí, Juan miró por el retrovisor y vio al sillón, solo en medio del salón vacío, esperando a ser rescatado una vez más o a ser abandonado definitivamente. Se secó una lágrima, sin saber si era de tristeza o de alegría, preguntándose si algún día volvería a tener patas para sillón orejero.

¿Qué crees tú que le deparará el futuro al viejo sillón tan querido? ¿Encontrará a nuevos dueños que lo quieran y lo cuiden, o acabará sus días en un vertedero?

Años después, Juan y su esposa habían fallecido. Sus hijos se habían repartido los bienes de la casa y el viejo sillón había quedado olvidado, a la espera de su destino.

Hasta que un día, uno de los nietos de Juan fue a limpiar la casa antes de ponerla a la venta. Al entrar en el salón, la vista del sillón le trajo muchos recuerdos a la mente. Había pasado tanto tiempo sentado en él escuchando historias de sus abuelos.

Decidió que no podía permitir que una pieza con tanto valor sentimental acabara en un contenedor de basura. Lo sacó de la casa, lo subió a su camioneta y se lo llevó a su propia vivienda, donde lo colocó en un rincón del salón.

Allí, el viejo sillón se abrió paso en la vida de una nueva generación. Los hijos y nietos de su nuevo dueño crecieron alrededor suyo, escuchando también las historias que él había aprendido de sus abuelos y creando sus propios recuerdos.

Las patas para sillón orejero , reforzadas una y otra vez a lo largo de los años, seguían sosteniendo su peso con firmeza, aunque el diseño estaba aún más gastado y arrugado. Sin embargo, dentro de él parecía latir todavía el espíritu de la vieja familia que tanto lo había querido.

Cuando finalmente las últimas generaciones crecieron y se marcharon, dejándolo atrás, el sillón cerró los ojos por última vez. Había vivido muchas vidas, creado incontables recuerdos y sido testigo privilegiado de tantos momentos de amor y de dolor.

Aunque sus patas para sillón orejero estuvieran rotas, su corazón estaba lleno. Podía descansar por fin, satisfecho de haber cumplido su propósito.

¿Qué historia crees tú que podría contar este viejo sillón si pudiera hablar? ¿Cuántas vidas habría compartido y cuántos secretos habría guardado entre sus mullidos cojines?

Y así, el viejo sillón pasó a convertirse en parte de la historia familiar, transmitida de generación en generación.

Muchos años después, los bisnietos de Juan decidieron vender la casa de sus antepasados, incluyendo el sillón. No lo querían deshacerse de él, pero pensaban que algún coleccionista de antigüedades lo apreciaría y le daría un buen hogar.

Y así fue. Un entusiasta de la decoración victoriana lo compró, encantado con su diseño clásico y su clara historia familiar. Lo restauró con esmero, reforzando toda su estructura, y lo colocó en el centro de su salón, tal y como le correspondía.

Al sentarse en él, su nuevo dueño podía sentir casi físicamente todo el peso de tantos años de historia. Le pareció como si el espíritu de la vieja familia aún residiera en él, velando por él como lo había hecho durante tantas décadas.

Aquella sensación de nostalgia le hizo darse cuenta de lo afortunado que era por haberlo rescatado. Aquel sillón tan querido se había convertido en un tesoro, y él se sentía privilegiado de poder compartir aún sus recuerdos.

Así, el viejo sillón con patas para sillón orejero agujereadas siguió pasando de mano en mano, creando nuevas historias en cada hogar donde descansaba. Su historia se había convertido en leyenda, y aunque su cuerpo fuera de ébano y cuero gastado, su corazón latía tan fuerte como el primer día.

Con él, la familia palpitaba aún. El pasado nunca se desvanecía del todo, siempre que hubiera alguien dispuesto a escucharlo. Y el sillón poseía una historia maravillosa que contar, en susurros de recuerdo y de amor.

¿Qué te ha parecido esta historia? ¿Crees que el viejo sillón con sus patas para sillón orejero habría soñado alguna vez con vivir hasta tan avanzada edad, cruzando tantas fronteras y abrazando tantas generaciones?

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