El sillón de las historias: memoria viva de una casa.

La casa siempre había estado vacía. Nadie la había habitado desde hacía años. Su largo pasillo parecía infinito, oscuro y polvoriento. Las viejas paredes desconchadas rezumaban soledad.

Un día, un hombre se presentó en la puerta. Había comprado la casa en subasta y quería reformarla para luego revenderla. Subió al segundo piso, donde se encontraban las habitaciones. Todas estaban vacías excepto una.

En ella, **un gran sillón de cuero negro **ocupaba toda la pared lateral. Parecía **extremadamente **cómodo y ergonómico. Se preguntó quién lo habría escogido y cuánto tiempo habría permanecido allí, esperando a alguien que nunca llegó.

Comenzaron las obras de reforma. Derribaron paredes, ampliaron espacios, cambiaron instalaciones. Mientras tanto, **el sillón seguía **en su sitio, testigo mudo de mudanzas ajenas. Parecía perseguirlos con su presencia inamovible.

La sala principal cobró nuevo esplendor. Las paredes encaladas, el techo de madera de roble polida, las amplias ventanas dejaban paso a la luz. Faltaba un solo detalle para que estuviera completa: **un sillón para ella. **

El hombre planeó comprar uno **nuevo y moderno, **que armonizara con el espacio recontruído. Sin embargo, algo lo detuvo. Recordó al viejo sillón de cuero negro, how había permanecido allí tanto tiempo. **¿Y si mantenían su sillón? ** Podría ser el único rastro que quedara de la historia de aquella casa.

Al final, decidieron dejar el sillón en su lugar. Allí **seguiría sentado, **testigo fiel de las vidas que se desarrollarían en torno suyo. Su presencia amable completaría el ambiente y le daría un toque de personalidad único. El sillón para la sala de televisión estaba elegido. La casa, por fin, estaba viva.

Años después, una pareja con dos hijos pequeños se mudó a la casa. La sala de televisión se convirtió en su lugar favorito. La familia pasaba allí las tardes y las noches, viendo películas, jugando a videojuegos o simplemente charlando.

El viejo sillón de cuero negro fue testigo de las risas y de las lágrimas, de los triunfos y de las derrotas, de la infancia de los hijos y de la evolución de la pareja. Su grande y cómodo asiento acogió a todos sin distinción. Se convertió en el mejor amigo de la familia.

Un día, los hijos crecieron y formaron sus propias familias. Los padres se quedaron solos en la casa. Pasaban cada vez más tiempo en la sala de televisión, sentados en su viejo sillón, recordando viejas épocas. Era su conexión con el pasado y con los seres queridos que ya no estaban.

Los años siguieron pasando y el sillón se deterioró, pero nadie tuvo el corazón de tirarlo. Formaba parte de la casa tanto como las paredes. Cuando el padre falleció, la madre lo enteró junto a su sillón favorito. Quería que estuvieran juntos.

Años más tarde, la casa fue vendida de nuevo. El sillón de cuero negro permaneció en su sitio, aunque ahora era sólo una vieja reliquia. Su presencia silenciosa y nostálgica confirió personalidad al salón. El comprador lo dejó allí, testigo mudo de recuerdos ajenos.

El sillón para la sala de televisión se había convertido en parte de la historia de aquella casa. Su larga e ininterrumpida presencia le daba al salón un toque especial, el de haber sido el escenario de grandes aventuras y emociones. El sillón que nunca se movió había marchado junto a todos sus ocupantes. Su historia era la historia de la casa.

Años después, una joven pareja compró la casa. Para ellos era un gran sueño hecho realidad. Amaban la personalidad que tenía y decidieron respetar todos los detalles que la hacían única.

Así, el viejo sillón de cuero negro permaneció en la sala de televisión. Ahora era más una pieza de decoración que una verdadera pieza de mobiliario, pero sus historias lo habían convertido en parte fundamental de la casa.

La pareja pasaba algunas veladas en el sillón, imaginando las historias que habría presenciado a lo largo de los años. Se sentía envuelta por el espíritu de las personas que lo habían ocupado antes. El sillón parecía acogerlos como si fueran viejos amigos que habían vuelto a reunirse.

Con el tiempo, la pareja también formó su propia familia. Sus hijos crecieron en la casa, como antes lo habían hecho otros. El viejo sillón vio desfilar nuevas generaciones, presenció las mismas escenas de risa, llanto, triunfo y derrota, vio crecer a los niños y evolucionar a los padres. Su presencia reconfortante seguía siendo la misma.

Los años pasaron rápido y los hijos crecieron, formaron sus propias vidas y se mudaron. Los padres se quedaron solos en la casa, como antes habían quedado los abuelos en el sillón. Permanecieron juntos, en silencio, como dos viejos amigos.

Un día, la pareja falleció. La casa fue vendida de nuevo, pero nadie se atrevió a tirar al sillón. Su historia era la historia de la casa. El comprador lo dejó en su sitio, imaginando las generaciones de recuerdos que habría albergado.

El sillón para la sala de televisión se había convertido en la memoria viva de aquella casa. Sus historias la habían hecho única e irrepetible. Su larga trayectoria le daba un significado especial, como el de haber sido testigo de la vida misma. El sillón que nunca se movió había marchado con todos aquellos que la habitaron. Su historia, la historia de la casa.

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