El viejo sillón se cubrió de polvo en el rincón de la sala. Llevaba ahí años, olvidado, testigo silencioso de tantas tardes y noches en la vieja casa.

Un día, un hombre se sentó en él y contempló la estancia. Las paredes desnudas, las vigas al aire, el suelo de madera gastada. Todo era testimonio de tantas historias vividas.

¿Quién sería la persona indicada para devolverle la vida a ese sillón y a la sala?

Al día siguiente, el hombre volvió a sentarse en el sillón. Cerró los ojos y se transportó en el tiempo, viendo a su abuela tejiendo en él, a su familia riendo y conversando animadamente.

**Una restauradora hubiera podido devolverle el esplendor de antaño, pero eso era como reinventarlo. **

Quizá lo que necesitaba era alguien que lo mirase con ojos nuevos, que lo viese por lo que realmente era: un sillón viejo y gastado que había visto y vivido mucho. Alguien capaz de apreciar su historia y su alma.

Una mujer se presentó. Miraba el sillón y la sala con ojos profundos y sabios. Parecía ver más allá de la polvareda y el desgaste.

¿Sería ella la persona perfecta para darle vida de nuevo sin cambiar su esencia?

La mujer propuso limpiarlo a fondo, reparar los desperfectos y arañazos con materiales nobles y respetuosos, y después envolverlo en un paño de lino crudo y sencillo. Un look industrial y rústico que resaltaría su personalidad.

El hombre asintió, imaginándolo ya en la sala. Ella tenía razón. Eso era todo lo que el sillón necesitaba. No una restauración, sino un nuevo comienzo respetuoso de su historia.

**Un sillón para la sala, cargado de memorias y vida. Una pieza única, tan llena de alma como de años. **

La pieza quedó perfecta en la estancia y el sillón pareció recobrar el brillo en sus ojos. La sala volvió a latir de vida, como en los viejos tiempos.

El sillón miraba a quien entraba, como si estuviese feliz de volver a recibir visitantes. La gente se sentaba en él, descansaba y charlaba. Las risas volvieron a resonar en esas paredes que tanto habían callado.

**El sillón había recuperado su propósito. Era de nuevo el núcleo de reunión de aquella casa. **

A un lado, la chimenea reavivó sus llamas, creando una atmósfera cálida y acogedora. La luz de las velas parpadeaba, como si acompañase a las voces. Todo otorgaba una sensación de hogar.

¿Cuántas historias se forjarían ahora en torno a ese sillón, reviviendo su pasado y construyendo su nuevo presente?

Un niño se tumbó en él para leer un libro, sumido en la imaginación. Una joven pareja se besó tiernamente, recordando su primer beso en aquel mismo lugar años atrás.

**El sillón los vio crecer y cambiar, y sin embargo permaneció invariado, paciente testigo de sus vidas. **

La vida siguió su curso, las estaciones cambiaron, pero el sillón se mantuvo como un faro en aquella estancia. Un día, el hombre que lo había rescatado se sentó de nuevo a su lado. Habían pasado muchos años.

**Miró el sillón y sonrió, contento de verlo tan lleno de historias como el primer día. Su misión había sido un éxito. **

El sillón lo miró a su vez, como si le estuviese agradecido. En su mirada antigua, el hombre pudo ver reflejadas tantas vivencias y recuerdos. Su sillón para la sala había vuelto a encontrar la razón de su existencia.

**Cargado de memorias, de presente y de futuro. Tan grande en sus años como en el cariño que inspiraba. **

El sillón permaneció, inmutable, como la representación viva de la casa. Su alma, igual que la de la estancia, estaba tejida por las vidas de cuantos la habitaban. Un sillón para la sala, testigo fiel del paso del tiempo.

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