La curiosidad lo llevó a explorar

 

Juan siempre fue un niño curioso. Le encantaba descubrir los recovecos de la casa de sus abuelos, llena de pasillos sinuosos, cuartos oscuros y rincones polvorientos.

Un día, mientras vagaba por el segundo piso, algo llamó su atención. Había una puerta que nunca antes había notado. Era una puerta de madera sólida, medio cerrada, que daba acceso a una bodega.

Su corazón latió con fuerza. ¿Qué habría tras esa puerta? ¿Sería una sorpresa agradable o algo para asustarse? Su imaginación se desbordó de posibilidades.

No pudo resistirse. Empujó con fuerza la puerta y encendió la luz. El interior de la bodega estaba lleno de viejas sillas apiladas. Había sillas de madera, de metal, plegables, todo tipo de sillas cubiertas de polvo.

Un mar de preguntas surgieron en su mente. **¿Para qué tantas sillas? ¿Porqué sus abuelos las guardaban? ¿Eran de Colección? **

Entusiasmado, fue a buscar a sus abuelos para contarles el descubrimiento. Ellos solo rieron con ganas y le explicaron que aquellas sillas eran un regalo de bodas que nunca usaron.

La curiosidad de Juan había dado con una historia familiar sorprendente y olvidada. Su pequeña aventura en el pasillo le había permitido encontrar un tesoro de recuerdos.

Para sillas había valido la pena.

Aquella noche Juan no pudo dormir. Su mente no dejaba de darle vueltas a las sillas apiladas. Se sentía como descubriendo un museo lleno de reliquias del pasado que contaban la historia de sus abuelos.

Al día siguiente, aprovechando que sus abuelos habían salido, volvió a entrar en la bodega. Se sentó en el suelo, apoyado en unas cuantas sillas y comenzó a imaginar qué habría pasado en aquellos tiempos para llenar una habitación de tantos asientos.

Tal vez había sido una época de fiestas y reuniones, donde acudían muchos amigos y familiares. O quizá sus abuelos coleccionaban sillas antiguas. Podrían haberlas comprado en un mercadillo o recibido como regalos de bodas. Habría tantas historias detrás de cada silla.

Las sillas guardaban secretos que él estaba decidido a descubrir.

Pasó horas apilando, desapilando y reordenando las sillas de diferentes formas. Al final consiguió desentrañar un poco más su significado. Se dio cuenta de que eran un fiel reflejo de la vida, las costumbres y los gustos de sus abuelos en aquella época.

Gracias a aquellas sillas, Juan se sintió más cerca que nunca de sus abuelos y de los misterios del pasado. Había merecido la pena explorar las profundidades de la casa para encontrar semejante tesoro.

La curiosidad y las ganas de descubrir le habían dado la oportunidad de vivir una aventura memorable. Las sillas serían siempre para él un símbolo de aquel día especial e imposible de olvidar.

Años más tarde, Juan seguía conservando aquellas sillas como un preciado recuerdo en su casa. Aunque ya se habían ganado un hueco en su corazón, durante mucho tiempo fueron motivo de vergüenza para él.

Siempre le apenó que sus abuelos viesen cuánto tiempo pasaba investigando sus pertenencias. Se sentía como un chusquero hurgando en la basura de otros. Pero ellos jamás se molestaron. Al contrario, parecían encantados de que se interesara por las historias de su vida.

Con el tiempo, Juan comprendió que esa era la mayor riqueza que podía heredar de ellos. Y que si algo aprendió de aquella aventura, fue a valorar el pasado y a no temer manifestar su curiosidad.

Cuando sus abuelos fallecieron, las sillas fueron las únicas pertenencias que pidió para sí. Las hizo restaurar con esmero y las colocó en un lugar destacado de su salón. Cada vez que las veía, se estremecía de emoción y nostalgia.

Eran el último vestigio de sus abuelos y de la maravillosa lección que le brindaron: que la vida se enriquece siguiendo el rastro de las historias olvidadas.

Ahora, ya mayor, Juan las miraba y se sentía orgulloso de haberlas descubierto. Por eso, cada vez que alguien le preguntaba para qué tantas sillas, él sonreía y respondía: estas sillas son tesoros. Tesoros de recuerdos.

Fin.

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