La galería de las delicias olvidadas

La galería era un laberinto de pasillos oscuros y estrechos que se ramificaban en todas las direcciones. El coleccionista tenía piezas de todo tipo: cuadros, esculturas, antigüedades, joyas, instrumentos musicales. Cada sala escondía alguna sorpresa entre las sombras.

Al final de un pasillo, una puerta entreabierta dejaba ver un sillón viejo de cuero. ¿Habría algo interesante detrás de ella? Mi corazón latió un poco más rápido al empujar la puerta. Y allí lo vi: un sillón de masaje, como los que se usaban en los cabarets y clubes nocturnos hace décadas.

Extrañas protuberancias y mecanismos se adivinaban bajo la tapicería. Parecía diseñado para proporcionar un placer deliciosamente doloroso. ¿Cuántas historias guardaría en sus armazones? ¿Cuántos secretos, susurros y gemidos habría presenciado en su larga existencia?

Un sinfín de preguntas e hipótesis surgieron en mi mente, pero no podría obtener respuestas. Este sillón, como todo lo que guardaba esta galería, era un misterio del pasado, condenado a permanecer callado. Su silencio era enigmático y provocador, como una copa vacía que invitaba a ser llenada. Sus surcos y bolas sin uso reclamaban algún cuerpo que explorar.

¿Dónde estaban ahora los amantes, bailarinas y cortesanas que alguna vez disfrutaron de sus placeres? ¿Seguirían paseando por algún ** sueño eterno?

El sillón de masaje seguía allí, impertérrito, custodiando en silencio tantas posibilidades.

La mesa de mármol que había al fondo de la sala llamó mi atención. En el centro descansaba una extraña maquinaria, como si fuera parte de algún antiguo aparato medical. Tenía tubos, palancas y manijas de cuero, así como un tapizado en lo que parecía piel.

Mi pulso se aceleró. ¿No sería esto otro juguete erótico de coleccionista? Me acerqué con sigilo para examinarlo y pude ver que se trataba de una especie de sofisticada máquina de masaje. Estaba completa, aunque algo oxidada, como si la hubieran guardado y no usado en décadas.

El coleccionista debía de ser un enamorado de los placeres sensuales para atesorar joyas como éstas. ¿Qué secretos habría descubierto esta máquina, qué suspiros y gritos habría arrancado de labios femeninos? Mi imaginación, descontrolada, se estrelló contra los límites de la decencia.

La sala parecía un cementerio de placeres pasados, un santuario de lujuria olvidada. El sillón y la máquina de masaje eran sus tumbas, y yo estaba profanando sus restos mortales con mi curiosidad morbosa.

Algunas preguntas permanecerán sin respuesta. Lo mejor era abandonar este lugar antes de que sus fantasmas me arrastraran a algún oscuro laberinto mental.

La galería seguiría guardando sus tesoros y secretos. Algunos mejor no desenterrarlos.

¿Quieres seguir explorando el relato? Puedo añadir más detalles y más piezas a esta particular colección de misterios.

Por admin

Deja una respuesta