La magia de las apariencias, revelando verdades ocultas.

 

La casa parecía habitada aunque estaba vacía. Los muebles relucientes, las lámparas doradas y los cortinajes rojos daban la ilusión de calidez que en realidad no existía. La decoración tenía como finalidad crear una ambiencia engañosa pero acogedora.

La decoración era un espejismo. Las paredes ocultaban humedades y grietas, alfombra y tapices disimulaban el suelo desigual. Todo parecía nuevo y valioso cuando en verdad era falso.

Un día llegó un niño con sus padres para visitar aquella casa. Su mirada inocente no se dejó engañar por los adornos. Vio más allá de las cortinas y notó la pobreza que se escondía tras ellas. Sus padres y el anfitrión no advirtieron la desencantada expresión del pequeño, absortos como estaban en las apariencias que tan caras les resultaban.

¿Cuál era la finalidad de aquella decoración engañosa? Crear una ilusión, un espejismo de riqueza y buen gusto. La decoración servía para ocultar la miseria, para que ésta no se transparentara ante los ojos de los ingenuos e incautos. La apariencia lo era todo en aquel lugar, la realidad carecía de importancia.

La historia del niño demostró que no todo el oro brilla, y que las ilusiones, por muy logradas que sean, acaban por desvanecerse.

El tiempo fue pasando y la casa cambió de dueño. El nuevo propietario tenía otros gustos y objetivos. Mandó derribar cuanto había en ella con tal de construirlo todo de nuevo.

Así, las paredes que ocultaban humedades fueron demolidas y reedificadas; los suelos desiguales desaparecieron bajo nuevas maderas; las cortinas rojas, las lámparas doradas y los muebles relucientes se vendieron en subastas.

Todo lo falso y engañoso fue sustituido por materiales de calidad. La casa recobró la belleza que nunca debió perder.

Pero ahora ya no tenía secretos que revelar ni verdades ocultas que contar. La magia se había roto al destapar el engaño. Ya no había tras las paredes nada que esconder.

La nueva mansión, acogedora y llena de luz, invitaba a entrar sin temor a descubrir sombras ni fantasmas del pasado. El tiempo y los cambios habían sanado las heridas de la pobreza que algún día se ocultó tras cortinajes y brillantes.

¿Y la decoración? Ahora era honesta y sincera. Revelaba la belleza de los materiales y la armonía del conjunto sin fingidas apariencias. El buen gusto se apreciaba sin necesidad de espejismos. La decoración había recobrado su auténtica finalidad: embellecer y alegrar sin engaños ni disimulos.

Años más tarde, el hijo que algún día descubrió las verdades tras las ilusiones regresó a aquel lugar. Ya no era un niño, sino un hombre, y traía con él a su familia para enseñarles la casa de sus recuerdos.

Al entrar, los vio asombrados ante tanta luz y belleza. Sus hijos corrieron a explorar las estancias mientras su esposa admiraba cuanto parecía nuevo y valioso.

Sonrió al ver el encanto de sus rostros, tan diferentes de aquel que el suyo mismo tenía al descubrir la pobreza bajo los adornos de antaño. Ahora podía contarles la historia completa de aquel lugar, sin necesidad de ocultar parte alguna de la verdad.

Como en sus tiempos de niño, ninguno sospechó siquiera de las carencias que años atrás se escondieron tras aquellas paredes. Pero el padre ya no veía en ello motivo de melancolía alguna. Los secretos de la juventud se desvanecen, y las injusticias de la inocencia se olvidan.

El presente belleza innegable, y el pasado era ya historia; aquel pasado que un día descubrió con ojos de niño, absorto en las apariencias sin ver más allá; aquel pasado que ahora podía contar con la madurez de quien lo entiende todo.

La magia de las apariencias se había roto para dar paso a la magia de la verdad descubierta con los años. La decoración había cumplido su propósito; había revelado secretos que el tiempo se encargó de aclarar.

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