¿La magia está en el encuentro o en la tecnología?

El sillón masajeador era la adquisición más reciente de la pareja. Habían ahorrado durante meses para poder permitírselo. En cuanto lo recibieron en casa, pasaron horas probándolo, disfrutando de sus funciones y masajes.

Los masajes eran intensos y relajantes. El sillón los envolvía cálidamente mientras pulsaciones y vibraciones recorrían sus cuerpos. ¿Se sentirían así los masajes tropicales exóticos? Se decían el uno al otro. ¿Existiría algún spa que ofreciera sesiones en este sillón? Sería el paraíso.

A medida que se familiarizaron con él, descubrieron todas sus posibilidades. Masajes de relajación, estimulantes, calentamiento, masajes shiatsu. Adaptándose a la anatomía de cada uno. ¿Es posible alcanzar el éxtasis a través de un simple masaje mecánico?. Las manos robotizadas del sillón parecían cada vez más hábiles y sensibles.

Con el tiempo, pasaron de las sesiones ocasionales a las rutinarias. Haciendo del sillón masajeador parte indispensable de su relación y estilo de vida. Pero su fascinación inicial fue mutando de forma casi imperceptible.

El sillón ya no les proporcionaba la misma emoción y sensación de placer. ¿Se habían habituado a él o había perdido la magia? Comenzaron a sentirse manipulados y bobos, pasando horas envueltos y torturados por aquellas manos robóticas. ¿Cuándo pasó de ser una fuente de disfrute a un deber?

El sillón masajeador ya no tenía cabida en su hogar. Lo vendieron a un precio irrisorio, ansiosos de deshacerse de él. ¿La tecnología y el confort podían convertirse en trampas para la felicidad? Habían aprendido una lección, aunque el camino para descubrirla fuese largo y tortuoso.

Se habían liberado del sillón masajeador, pero su huella permanecía. Algo se había roto en ellos y en su capacidad de asombro. Ya no conseguían disfrutar de los placeres simples como solían hacerlo.

¿Era el sillón una metáfora de algo? Quizá de la obsesión contemporánea por el progreso y la innovación. ¿La búsqueda de un bienestar desenfrenado y sin esfuerzo? Seguramente, había cambiado su forma de percibir las sensaciones y de relacionarse con el placer. Todo tenía que ser cada vez más novedoso, sofisticado y extraordinario.

Acudían a masajes exóticos, probaban afrodisíacos importados y se suscribían a los últimos tratamientos rejuvenecedores. ¿Estarían condenados a una carrera sin fin tras el siguiente descubrimiento sensorial? Nada parecía colmar ya sus expectativas. Sus encuentros se volvieron mecánicos y vacíos, como las manos del sillón.

El día que se miraron a los ojos y no reconocieron la chispa que solía haber en ellos, supieron que debían cambiar de rumbo. Echar la vista atrás y redescubrir la magia de los placeres simples, sinceros y compartidos. Volver a rozarse, acariciarse y masajearse mutuamente, sin prisas ni expectativas.

Recordando el calor de un abrazo, el cosquilleo de un beso, el hormigueo de una caricia. Dejarse llevar por el placer del encuentro, no por la novedad. Reaprender a disfrutar del momento y de la compañía del otro, sin más mediación que sus propios cuerpos y sentidos.

El sillón masajeador había ocupado un lugar en sus vidas, aunque fuese por breve tiempo. Les sirvió para darse cuenta de que el camino emprendido no era el correcto. Gracias a él, habían dado un giro y retomado el trayecto que siempre debió ser suyo como pareja. Su magia estaba en ellos, no en la tecnología. Y nunca la perdieron.

Deja un comentario