Un sofá convive con pelos, babas y alguna que otra uña. La clave no está en limpiar más, sino en limpiar según la tela, el color y el volumen del asiento. Antes de pasar un paño, identifica el tapizado: microfibra, chenille, lino o poliéster responden de forma distinta al agua y a los productos.
Empieza por el tejido, no por el producto
En telas de microfibra, una gamuza ligeramente húmeda arrastra el pelo suelto sin dejar cerco. El chenille y el lino toleran mejor la aspiración que el frote; usa el cepillo de tapicería del aspirador a media potencia. Si el tejido es delicado, prueba primero en una zona oculta del respaldo. Los pelos de gato se adhieren con guantes de goma humedecidos: pasadas cortas y en una sola dirección.
Colores que perdonan (y los que no)
Los tonos medios, como gris piedra, arena o verde salvia, disimulan manchas claras y oscuras. Los sofás blancos o beige muy claro exigen fundas lavables y limpieza semanal de las zonas de apoyo. En colores oscuros, el pelo claro de un perro canta mucho: un rodillo adhesivo junto al sofá resuelve más que una limpieza profunda.
Formas, altura y tamaño según el piso
En un apartamento pequeño conviene un sofá de dos plazas con patas altas: facilita aspirar debajo y deja pasar la luz. En un chalet o salón amplio, un chaise longue o un tres plazas con asientos desenfundables simplifica el mantenimiento. La altura del asiento importa: los perros grandes saltan y dejan marcas en el borde; los gatos prefieren respaldos altos. Elige tejidos tupidos y costuras reforzadas si hay uñas de por medio.
Rutina que funciona
Aspira dos veces por semana y cepilla la tela en seco. Para olores, espolvorea bicarbonato, deja actuar treinta minutos y aspira. Lava las fundas a baja temperatura y seca al aire. Con esta rutina, el sofá mantiene su color y la convivencia con perros y gatos deja de ser un problema.