Un sofá convive con pelos, arañazos y algún que otro accidente. Antes de elegir el próximo, conviene pensar en quién lo va a usar: un perro grande que se sube de un salto o un gato que afila las uñas en el reposabrazos. La tela, el color y la altura marcan la diferencia entre un mueble que envejece bien y otro que da pena mirar a los seis meses.
Telas que resisten (y las que no)
El microfibrado y el poliéster de trama cerrada aguantan bien el roce y se limpian con un paño húmedo. El terciopelo y el lino atraen pelo como un imán y retienen la humedad de los lametones. Si el sofá es de tela extraíble, lavar las fundas a 30 °C una vez por temporada resuelve mucho. Para manchas puntuales, agua tibia con unas gotas de jabón neutro y secado al aire, sin frotar en círculos.
Colores que disimulan sin renunciar al estilo
Los tonos medios —gris piedra, verde oliva, azul petróleo o beige tostado— esconden mejor el pelo claro y oscuro que el blanco o el negro absoluto. Un sofá claro en un piso pequeño amplía la estancia, pero exige más mantenimiento. En un chalet con jardín, donde entran y salen con las patas sucias, un tono tierra o un estampado discreto perdona más.
Tamaño y altura según la estancia
En un salón de apartamento, un sofá de dos o tres plazas con patas altas facilita pasar el aspirador por debajo y da sensación de ligereza. En una casa con perro mediano o grande, los asientos bajos y amplios son más cómodos para ellos, aunque acumulan más suciedad en la parte inferior. Mide el hueco entre el suelo y el asiento: por debajo de 15 cm, la limpieza se complica.
Formas y rutinas que ayudan
Los respaldos rectos y los brazos estrechos acumulan menos pelo que los modelos con curvas y capitoné. Una manta lavable en el asiento reservado para la mascota protege la tapicería y se mete en la lavadora cada semana. Cepillar al animal dos o tres veces por semana reduce la cantidad de pelo que acaba en el sofá. Y un par de fundas de repuesto permiten rotar mientras se lava la principal.
Elegir con criterio ahorra disgustos: un sofá pensado para convivir con perros y gatos no tiene por qué ser feo ni caro, solo adecuado.